Fue guaraní. Nació en Santo Tomé o San Borja probablemente el 30 de noviembre de 1778. Vivió en Santo Tomé con su madre a partir de la invasión luso-brasileña de 1801. Fue educado por el cura del pueblo. Su nombre, como él lo escribía era Andrés Guacurarí; los luso-brasileños lo llamaban Artiguinhas o Andrés Tacuarí. Fue más conocido como Andresito.
Su cultura fue bastante completa. Fue músico. Hablaba y escribía correctamente castellano, portugués y guaraní.
José Artigas fue su padrino, quien en 1811 lo adoptó. A partir de allí se lo conoce como Andrés Guacurarí y Artigas o Andrés Artigas.
Su lucha se orientó hacia dos objetivos:1) la lucha contra las fuerzas extranjeras que invadieron el territorio misionero ; 2) la defensa de los principios federalistas sustentados por Artigas.
Combatirá por igual a los colonizadores portugueses que pretendían atacar por la frontera oriental y a quienes pretendían establecer un gobierno centralista en el puerto uruguayo, demostrando sagacidad política y militar y conocimientos elementos sobre política de gobierno.
Desde el cargo de comandante general de Misiones, designado en febrero de 1815 por Artigas, trató de establecer las instituciones, la economía y la soberanía de esta jurisdicción. Su primera campaña estuvo dirigida a recuperar el departamento de Candelaria, por entonces en manos paraguayas. Organizó sus fuerzas desde Yapeyú, con mas de 500 hombres (indios) de infantería y caballería y el 14 de septiembre de 1815 concretó su objetivo. Con posterioridad Andresito recupera los demás pueblos: Santa Ana, San Ignacio Miní, Loreto y Corpus.
Frente a la amenazante política portuguesa, realizó la primera campaña del río Uruguay en 1816 para intentar la liberación de las misiones orientales en poder luso- brasileño desde 1801. Los portugueses replicaron este intento con la invasión y destrucción de las Misiones Occidentales, ante ella Andrés Guacucarí triunfa con los guaraníes en la batalla de Apóstoles en julio de 1817.
Este líder de la independencia americana resiste en Dan Carlos una nueva invasión portuguesa, pero a la larga es derrotado. Por orden de Artigas, en agosto de 1818, marcha sobre Corrientes para restablecer el gobierno federal. Si bien es cierto que la guerra con Brasil cesa transitoriamente, en un nuevo intento por recuperar Misiones Orientales en junio de 1819, culmina con la prisión de Andrés.
El 3 de julio de 1821 Andrés Guacuaraí arribó a Montevideo y a partir de esa fecha se pierden sus rastros. No se sabe si murió en Montevideo, si volvió a Misiones, si murió en el viaje, si fue envenenado en la prisión.
Lo que si se sabe es que con su prisión Misiones perdió uno de sus mejores hombres. Su acción permitió que esta provincia quedara para la patria.
Andresito ocupó los cargos de: comandante General de las Misiones, Capitán de Blandengues, Teniente Gobernador de Corrientes, Coronel de Caballería del Ejército Patriota. Vivió y murió en el anonimato, luchando por la causa federal que le supo transmitir su padre adoptivo, el gran Caraí Guazú Artigas, según sus propias expresiones.
Andresito Guacurari
Fue guaraní. Nació en Santo Tomé o San Borja probablemente el 30 de noviembre de 1778. Vivió en Santo Tomé con su madre a partir de la invasión luso-brasileña de 1801. Fue educado por el cura del pueblo. Su nombre, como él lo escribía era Andrés Guacurarí; los luso-brasileños lo llamaban Artiguinhas o Andrés Tacuarí. Fue más conocido como Andresito.
Jorge Francisco Machón
Oscar Daniel Cantero
Asociación Flor del Desierto
Junta de Estudios Históricos de Misiones
Introducción
En el contexto conflictivo de la segunda década del siglo XIX, cuando se dieron en conjunto la lucha por la independencia y las primeras guerras civiles, los Guaraníes Misioneros tuvieron una destacada actuación.
No hacían sino continuar una larga tradición de servicios militares que se podrían rastrear hasta la lucha contra los bandeirantes de San Paulo y las numerosas campañas de recuperación de la Colonia del Sacramento en la época colonial. Muchos ya se desempeñaban como milicianos antes de 1810 entre los blandengues que mantenían el orden en los campos orientales. Algunos se integraron a las tropas de Belgrano en su campaña al Paraguay, para incorporarse luego al largo sitio de Montevideo; otros formaron parte del regimiento de Granaderos a Caballo de José de San Martín, a quien acompañaron en sus campañas hasta Perú, continuando algunos luego del retiro del general, por lo que estuvieron en el ejército libertador hasta el choque definitivo con las huestes realistas en Ayacucho, la última batalla de la guerra de independencia de nuestro continente, al lado de los contingentes de Bolívar. Finalmente, los guaraníes también fueron una de las principales bases de sustento del proyecto federalista impulsado por José Artigas y su importancia fue tal que el Protector propició que el gobierno de la provincia estuviera en manos de jefes aborígenes; así, durante seis años Misiones fue gobernada por tres comandantes de origen local: Andrés Guacurarí, Pantaleón Sotelo y Francisco Sití.
Los sectores sociales que sostuvieron al federalismo artiguista
Las revoluciones desencadenadas en el sur del continente americano a partir de 1810 estuvieron lideradas claramente por el sector criollo, que pretendía ocupar los puestos de gobierno, hasta ese momento en manos de los españoles peninsulares, y beneficiarse del libre comercio. El sector revolucionario más radicalizado elaboró un proyecto igualitario, inspirado en las ideas de la Revolución Francesa. Sin embargo, las fuerzas más conservadoras impidieron la concreción plena de estas ideas y la estructura social vigente se mantuvo inalterable, al menos en lo inmediato: la servidumbre de los indios y la esclavitud de los negros continuaron. Por eso algunos intentos aislados, como el de Castelli por liberar a los indígenas del Alto Perú o el Reglamento redactado por Manuel Belgrano para los guaraníes de las Misiones, no tuvieron continuidad. Los esclavos no fueron liberados, aunque la Libertad de Vientres decretada por la Asamblea del Año XIII constituyó un importante adelanto, mientras que los indígenas continuaron en la situación de servidumbre de los tiempos coloniales, pese a su abolición nominal. Vale decir que el movimiento revolucionario produjo importantes transformaciones políticas y económicas, pero la sociedad no sufrió cambios de consideración.
El proyecto artiguista fue diametralmente distinto, ya que proponía transformaciones políticas y económicas que cambiarían radicalmente la estructura social rioplatense, privilegiando a los sectores relegados y excluidos. Este es uno de los aspectos más revolucionarios de las ideas defendidas por el caudillo, cuyo movimiento tomó rápidamente un fuerte carácter social, convirtiéndose en una verdadera revolución dentro de la revolución. Artigas contó con el apoyo de ciertos sectores acomodados, como el de los ganaderos orientales, pero su base de sustento estaba conformada principalmente por quienes hasta ese momento eran los marginados en el orden colonial, los cuales fueron sus más firmes seguidores con el correr de los años, y los beneficiarios de medidas de gobierno tales como la obtención de tierras a través del “Reglamento Provisorio para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados”, firmado por Artigas en septiembre de 1815. Este documento detalla claramente que los favorecidos serían:
“(…) los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados  con suerte de estancia, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de la provincia.”
El proyecto contemplaba la gradual conformación de una futura sociedad más igualitaria y multiétnica que respetara la autodeterminación de los pueblos, en la que todos tuvieran igualdad jurídica y social, pero no pretendía reemplazar un sector hegemónico por otro. Implicaba, por tanto, la finalización del orden social de castas, característico de la época colonial.
Estos grupos que sustentaron el federalismo pronto comprendieron que su situación no variaría de continuar con el planteo centralista de la clase dirigente porteña, y que su única oportunidad histórica de salir de la marginación estaba dada por el artiguismo.
Artigas y los indígenas
Los indígenas jugaban un papel fundamental tanto en los proyectos de Artigas como en las filas de sus ejércitos, lo cual llevó a las oligarquías urbanas de ciudades como Montevideo y Corrientes a sentir un profundo desprecio hacia los regimientos de naturales, a los que calificaban de hordas salvajes de indios y salteadores. Esto respondía, en realidad a razones muy profundas que entroncaban en la forma de organización que tomó el orden colonial en diferentes lugares: mientras Misiones había protagonizado el proyecto jesuítico, convirtiéndose en una provincia de indios, en la que no había presencia de blancos y en la que, en gran medida, se mantenían los liderazgos tradicionales de los caciques, las ciudades hispanas tomaron el régimen de la encomienda y basaban su organización social en el sometimiento de los sectores indígenas por parte de una elite conformada, en el caso de Corrientes, por ganaderos que anhelaban la ocupación de los campos misioneros y por comerciantes deseosos de establecer vínculos con los portugueses; por ello, esta elite urbana, como también la de Montevideo, siempre fue reacia al federalismo, ya que iba en contra de su organización social tradicional.
En territorio portugués, la reacción hacia las tropas de Artigas fue similar, por lo que los aborígenes capturados no eran tratados como prisioneros de guerra, sino sometidos a condiciones mucho más duras de reclusión, y muchos pasaban a ser directamente esclavos del estado, trabajando gratuitamente en obras públicas.
Las tropas artiguistas incluían grupos indígenas seminómades, los cuales siempre habían mostrado hostilidad hacia españoles y criollos, como los minuanes, los guaycurúes, los abipones y los mocovíes. Incluso se sabe de un cacique charrúa, Manuel Artigas,  a quien el Protector le permitió llevar su propio apellido, igual que al guaraní Andrés Guacurarí. A muchos visitantes del campamento del Jefe de los Orientales les resultaba llamativo que frecuentemente hubiera algún cacique con su familia compartiendo su mesa. Por otra parte, dentro de su revolucionaria reforma agraria, Artigas intentó colonizar sectores rurales de la Banda Oriental llevando aborígenes guaycurúes y abipones desde el Chaco.
Frente a las opiniones comunes de la época, Artigas, según sus textuales palabras, afirmaba:
“A mí lejos de serme perjudiciales, me serían útiles. Es preciso que a los indios se trate con más consideración, pues no es dable cuando sostenemos nuestros derechos excluirlos del que justamente les corresponde. (…) Es necesario que los magistrados velen por atraerlos, persuadirlos y que con obras mejor que con palabras acrediten su compasión y amor filial.”
La ponderación de Artigas hacia los indios está también expresada en una carta al gobernador de Corrientes, don José de Silva, del 3 de mayo de 1815:
“(…) Yo deseo que los indios, en sus pueblos, se gobiernen por sí para que cuiden de sus intereses como nosotros de los nuestros. Así experimentarán la felicidad práctica y saldrán de aquel estado de aniquilamiento a que los sujetó la desgracia. Recordemos que ellos tienen el principal derecho y que sería una degradación vergonzosa, para nosotros, mantenerlos en aquella exclusión vergonzosa que hasta hoy han padecido por ser Indianos. Acordémonos de su carácter noble y generoso, enseñémosles a ser hombres, señores de sí mismos. Para ello demos la mayor importancia a sus negocios. Si faltan a sus deberes castígueseles; si cumplen servirá para que los demás se enmienden, tomen amor a la Patria, a sus pueblos y a sus semejantes.”
Es decir que Artigas no planteaba que los aborígenes fueran privilegiados, sino solo la puesta en práctica de la tan mentada igualdad con respecto a los otros ciudadanos, ya decretada por Belgrano en el Reglamento, pero nunca aplicada en la realidad, lo cual les permitiría decidir por sí mismos su destino.
Cabe aclarar que aunque el federalismo tuvo apoyo de diversos grupos indígenas, el de los guaraníes, que detallaremos a continuación, tuvo características particulares que hicieron su caso diferente al de otras etnias.
Los Guaraníes Misioneros
La gran nación tupí-guaraní tuvo una amplia extensión en los siglos previos a la conquista española, llegando desde las costas del Caribe hasta el río de la Plata. Conformaron una amplia diversidad de pueblos emparentados por el idioma, la economía y la organización socio-política, pero, lejos de unificarse, se hallaban muchas veces enfrentados entre sí y reaccionaron de manera diversa frente a la conquista: unos  se sometieron, algunos resistieron y otros optaron por mantenerse alejados de los enclaves coloniales. El caso de los guaraníes misioneros, que habían sido cristianizados por los jesuitas, era diferente entonces al de otras etnias por tratarse de aborígenes ya totalmente sedentarizados y que habían adoptado para el siglo XVIII diversos elementos culturales europeos. El caso de los Mby’a que hoy habitan la provincia de Misiones es totalmente diferente, ya que llegaron con posterioridad, manteniéndose hasta entonces alejados del contacto con los europeos.
Por ello, para referirnos a los que se integraron al proyecto de Artigas utilizamos el concepto de Guaraníes Misioneros, para diferenciarlos tanto de otros grupos de su época como de las comunidades contemporáneas.
También debe tenerse presente que, en ese momento histórico, Misiones abarcaba un territorio mucho más extenso que el actual. La Región Histórica de Misiones, estuvo ocupada por los guaraníes desde tiempos ancestrales; estos a su vez tenían una amplia diversidad interior y convivían con algunos enclaves de otras etnias, como los guayanás, tupíes y charrúas.
Los guaraníes misioneros presentaban una serie de rasgos distintivos: eran cristianos, sedentarios y poseían una notable aptitud para las artesanías, la escultura y la música, por lo que muchos de ellos desempeñaban esas actividades en los centros urbanos de la región e inclusive en Buenos Aires. La institución colonial del cabildo seguía funcionando en numerosos pueblos, con sus cargos ocupados por aborígenes. Muchos guaraníes sabían leer y escribir en español, aunque en su trato cotidiano se expresaban en su lengua ancestral. Se puede afirmar entonces que los Guaraníes Misioneros eran naturales desde el punto de vista étnico, pero culturalmente eran mestizos.
También debe tenerse en cuenta que dentro de los propios los guaraníes de las Misiones tampoco existía una total homogeneidad, e incluso existían rivalidades entre ellos, de acuerdo a la región, el pueblo o el cacicazgo del que venían, pudiéndose distinguir claramente dos subzonas: los del norte, sobre la costa del Paraná, eran más bien agricultores, dedicados también a la explotación de los yerbales silvestres, mientras que sus hermanos del suroeste, los antiguos tapés de las riberas del Uruguay, se dedicaban más bien a tareas vinculadas a la ganadería, por lo cual eran expertos jinetes. Por esto y por su bravura fueron muy buenos soldados, y de esta zona eran originarios muchos de los más destacados comandantes (incluyendo a Andresito, Sotelo, Sití y Tirapraré).
Cabe destacar que los guaraníes de diferentes zonas tuvieron diversos tipos de reacción frente al artiguismo: la base de apoyo más firme sin dudas estuvo en la costa occidental del Uruguay; sobre las costas del Paraná también lo apoyaron, pero en menor medida. En las Misiones Orientales, muchos contingentes militares se plegaron a las tropas de Artigas durante las campañas, pero otros se mantuvieron del lado de los portugueses, cuyas fuerzas estaban conformadas también por tropas guaraníes. Finalmente, en la costa occidental del Paraná, dominada por el Paraguay, el apoyo fue escaso.
La adhesión de los Guaraníes Misioneros al Federalismo Artiguista
José Artigas fue designado Teniente de Gobernador de Misiones en 1811;  ya en ese momento la adhesión guaraní al líder oriental era importante. No debe olvidarse que, por lo que se sabe, Artigas ni siquiera visitó los pueblos misioneros durante su gestión, a pesar de que se había fijado su residencia oficial en Santo Tomé, sino que permaneció en su campamento de Salto, al oeste del río Uruguay, en los últimos confines del territorio de Misiones, desde donde también seguía ejerciendo sus funciones de Jefe de los Orientales, a quienes recientemente había conducido en el éxodo. Esto nos lleva a pensar que los primeros contactos podrían datar de su época de capitán de Blandengues, con los que se condujo en las zonas de frontera o aún antes, de los tiempos en que el caudillo era un semilegendario contrabandista en los límites entre los campos orientales y las estancias jesuíticas del Sur, adonde se habían trasladado numerosos habitantes de los pueblos en busca de mejores perspectivas. No puede ignorarse tampoco la participación de Artigas en el proyecto colonizador llevado adelante por Félix de Azara, que fue en gran medida un antecedente de su accionar en cuanto a la idea de repartir tierras entre los indios. Sea como sea, de la correspondencia se desprende que su conocimiento tanto de la geografía de Misiones como del carácter de su pueblo era notable, y debería provenir de un contacto directo con ellos.
Por otra parte, Artigas fue muy respetuoso, durante su gestión, de las instituciones locales misioneras, los cabildos, cuyos magistrados eran prácticamente en su totalidad aborígenes: apenas fue nombrado gobernador, procedió a hacer reconocer su autoridad por esas instituciones, cuyos regidores tenían atribuciones militares tras las reformas militares introducidas por Belgrano.
Lo cierto es que en el cuartel de Salto Artigas ya contaba con numerosos contingentes de soldados guaraníes misioneros, como se desprende de una carta de Francisco José Laguardia, enviado paraguayo que se encontraba en ese campamento a principios de 1812:
“(…) estoy persuadido que aún en los Pueblos de Indios ha dispuesto formar sus Compañías, porque he visto algunos Corregidores uniformados. (Quinientos indios en los pueblos de Yapeyú) en esta hora me comunica el secretario sobre este punto (…) La tropa es buena y bien disciplinada, y toda gente muy aguerrida.”
Esto denota que ya desde este momento los guaraníes conservaban la disciplina y la obediencia que luego los caracterizaría en sus campañas junto a Andresito; lejos estaban de ser la horda bárbara y desorganizada de la que hablaban los representantes de las élites urbanas. El carácter aguerrido de los guaraníes haría que muchos de ellos formaran también parte de la tripulación de la flota artiguista formada por el famoso marino inglés Pedro Campbell.
Las tropas federales no constituían un ejército regular como el de Buenos Aires, organizado en base a los modelos europeos del Antiguo Régimen, con una organización fuertemente verticalista, centralizada y basada en códigos rígidos. Las fuerzas guaraníes de Artigas, a las que pronto se les calificó con el término peyorativo de Montoneras, eran una fuerza, si se quiere, más inorgánica, pero también mucho más democrática, en la que muchas decisiones eran tomadas en asambleas de oficiales. Según el historiador oriental Mario Dotta, “era simplemente un ejército de soldados-ciudadanos o de ciudadanos-soldados, era el pueblo reunido y armado” , en una concepción que entronca en las ideas de Juan Jacobo Rousseau.
Artigas, según muchos autores, es el creador de la táctica de las Montoneras, que caracterizó a las huestes federales del siglo XIX, la cual consistía en una guerra de recursos.  Esta estrategia, a la que los guaraníes misioneros se adaptaron a la perfección, consistía en ataques sorpresivos que buscaban matar o herir al mayor número posible de enemigos para huir después rápidamente a caballo; en caso de que el rival fuera poco numeroso, se lo atacaba frontalmente; si un escuadrón federal era atacado por una tropa superior, se dispersaba en diferentes direcciones, para volver a agruparse en un lugar acordado previamente. Eso llevó a que muchas veces los enemigos confundieran una simple dispersión sin bajas con una victoria.
A pesar que la montonera tenía una estrategia y una táctica muy elaboradas, el desconocimiento de la misma por parte de muchos cronistas y viajeros de la época llevó a afirmaciones como ésta, tomada de Saint-Hillaire: “(los aborígenes) no conocían táctica ni poseían disciplina, huyendo cuando se veían en inferioridad numérica.”  La barrera cultural entre guaraníes y criollos nunca pudo ser superada, y el propio Artigas organizó cuerpos de naturales separados del resto de su ejército para mantener la convivencia, aunque igualmente éstos nunca fueron totalmente homogéneos. Entre las tropas indígenas de Andrés Artigas por ejemplo, habían algunos criollos, y su guardia personal estaba formada por negros libertos. A medida que se desarrollaba la guerra, la heterogeneidad de las fuerzas se acentuó, y a partir de 1817 y sobre todo de 1818 fue cada vez mayor la presencia de soldados guaraníes en Corrientes y de criollos en Misiones, lo cual generó en ocasiones serios conflictos.
Incorporado Artigas al segundo sitio de Montevideo, dejó el gobierno de Misiones, que pasó a manos de Galván primero y luego a quien fuera subdelegado del departamento de Yapeyú, Bernardo Pérez Planes, quien, aliado a Buenos Aires, terminó enfrentándose a Artigas. En este conflicto, los guaraníes siguieron fieles al  líder oriental y organizaron múltiples levantamientos en contra del gobernador; quienes estaban entre las tropas de éste, desertaban en gran número para incorporarse a las filas de los aliados de Artigas (Blas Basualdo y el paraguayo Vicente Antonio Matiauda), que derrotaron finalmente a Pérez Planes. Cuando, a su vez, Matiauda se cambió del bando federal al de Buenos Aires, nuevamente los guaraníes se mantuvieron fieles a Artigas y se sublevaron en contra del paraguayo.
Un guaraní en la Comandancia General de Misiones
Artigas planteaba la igualdad de los Guaraníes Misioneros con respecto a cualquier otro sector social y buscaba que decidieran por sí mismos su destino. Es decir, proponía la autodeterminación de los pueblos. La máxima expresión y la materialización de estas ideas se dio en la designación un guaraní misionero para que gobernara el territorio: su hijo adoptivo Andrés Guacurarí, conocido popularmente como Andresito, a quien le dio su propio apellido.  Este fue un hecho sin precedentes en la historia regional.
Andrés Artigas no fue designado gobernador sino Comandante General de Misiones, un cargo mucho más abarcativo que incluía amplias atribuciones, y que nos permite ver la fuerte militarización que vivía la sociedad misionera y rioplatense en general. Los regidores quedaban bajo el mando directo del Comandante General, eliminándose las figuras intermedias de los subdelegados departamentales.
Ocupó el cargo entre marzo de 1815 y junio de 1819, período en el que desarrolló múltiples campañas.
Las encendidas proclamas de José Artigas y de su hijo adoptivo provocaban reacciones entusiastas entre los guaraníes, inclusive entre los que se encontraban bajo dominio de los portugueses. Estas tenían a veces un contenido casi mesiánico, ya que los caudillos se comparaban con personajes bíblicos como Moisés, que también había liberado a su pueblo.
Tras el combate de Candelaria , por ejemplo, Artigas envió una proclama a los misioneros en la que decía:
“(…) Al primer habéis ostentado la dignidad de hombres libres: redobladla para que no hollen más vuestro suelo los usurpadores y tiranos. Amantes siempre de vuestra libertad, no permitáis que vuestros pueblos sean violentados con las armas:  de todos sois amigos si nadie os provoca y sed de todos enemigos si os quieren oprimir. Nada temáis cuando contáis con todos mis esfuerzos. Yo situado en mi cuartel general me hallo en el seno de mis recursos para auxiliar donde lo exija la necesidad.”
Un estilo muy parecido tiene el Exhorto a todos los naturales de los pueblos orientales de Misiones, del año 1816, destinado a los guaraníes cuyos pueblos se hallaban bajo dominio portugués; en él Andresito expresaba:
“(…) Yo vengo a ampararos, vengo a buscaros porque sois mis semejantes, y hermanos, vengo a romper las cadenas de la tiranía portuguesa, vengo por fin a que logréis vuestros trabajos, y a daros lo que los portugueses os han quitado en 1801 por causa de las intrigas españolas.”
Como dice Bauzá , este discurso entre místico y político, en el que se mezclaban los conceptos de Dios y Patria, surtió un efecto inmediato entre los guaraníes del este del Uruguay, que se incorporaron en gran número a las huestes de Artigas, entre ellos caudillos famosos como los hermanos Tiraparé; regimientos enteros de guaraníes que servían en las milicias fronterizas portuguesas se incorporaron a Andresito.
Artigas quería que los indígenas fueran tratados igual que cualquier otro ciudadano, que se castigara a los delincuentes, pero que se premiara a quienes lo merecieran, que no fueran explotados, pero también que salieran de la ingenuidad; en una carta al Comandante General de Misiones, por ejemplo, lo incitaba a que “avive a esos paisanos para que no se dejen engañar como hasta aquí” ; muchas veces los incentiva a defender la libertad y la causa federal, pero siempre manteniendo la disciplina necesaria para lograr la victoria final en un contexto de guerra generalizada; en una carta a Andresito, por ejemplo, le decía que “lo que interesa es el orden y la disciplina en las armas, y el arreglo de la gente para que sepa cada uno lo que debe hacer, y a quién debe obedecer en los momentos que yo mande atacar. (…) De éste golpe depende todo el triunfo de nuestra libertad.”
El espíritu democrático del artiguismo y el afán de su líder para que los pueblos eligieran su propio destino se puso de manifiesto en la elección de diputados aborígenes que se reunirían con los de los otros Pueblos Libres en un Congreso a fin de decidir los pasos a seguir, el cual es conocido como Congreso de Oriente o de Arroyo de la China. El 13 de marzo de 1815, Artigas le indicaba a su hijo adoptivo que dispusiera que “mande cada pueblo su diputado indio al Arroyo de la China. Usted dejará a los pueblos en plena libertad para elegirlos a su satisfacción, pero cuidando que sean hombres de bien y de alguna capacidad para resolver lo conveniente.”  Cabe destacar que los diputados guaraníes tenían la misma jerarquía que los criollos de las demás provincias, y se les rindieron los mismos honores.
Andrés Artigas, en su discurso frente a los guaraníes misioneros, recurría a ciertas ideas que les eran muy caras por tener una larga historia, siendo originadas muchas ellas en la época de los jesuitas. Las más importantes fueron:
a)- La ancestral enemistad con los portugueses, derivada a su vez de las rivalidades entre las coronas peninsulares, que trasladaron sus luchas al continente americano, donde la zona misionera constituyó una de las fronteras más disputadas. Los reiterados ataques de los bandeirantes a las reducciones, la participación de tropas misioneras en las sucesivas expediciones para ocupar Colonia del Sacramento, la Guerra Guaranítica y la invasión de las Misiones Orientales en 1801 son las estaciones más destacadas del auténtico vía crucis que fue para el pueblo guaraní la lucha contra el invasor lusitano. Por ello no resulta sorprendente que respondieran en forma entusiasta al llamado de Artigas para defender las fronteras frente al enemigo ancestral.
b)- Por otro lado, el proyecto artiguista prendió con fuerza en Misiones porque la forma en que los jesuitas organizaron los territorios de la antigua provincia funcionaba como una federación de cabildos y no como las gobernaciones hispanas, mucho más centralizadas a partir de núcleos urbanos que controlaban el territorio circundante. Si bien se fijaba un pueblo como residencia del Superior, esto no le daba una jerarquía más elevada respecto a los demás.
c) Andresito reivindicaba también la recuperación de la unidad territorial perdida a partir de los avances de los paraguayos pero fundamentalmente de los portugueses; por ello, los mayores esfuerzos militares de su gestión como Comandante General estuvieron dados en los intentos de recuperación de las Misiones Orientales.
El intento de Artigas de revitalizar la economía misionera
Buscando remediar la profunda crisis que afectaba a la economía misionera, originada tras la expulsión de los jesuitas pero acrecentada por la guerra, Artigas permanentemente enviaba ganado desde la Banda Oriental para el sustento de las tropas y a fin de que sirviera para dar inicio a la recuperación de las estancias misioneras.
Por el estado de guerra reinante, además de ganado eran remitidos cargamentos de armas a Misiones (balas, pólvora, lanzas, etc.); pero Artigas también mandaba ropa, libros y vacunas, con instructivos para su aplicación. En una época en que la viruela producía todavía grandes mortandades en los pueblos aborígenes, este no era un dato menor. Frente a posibles reticencias de los misioneros, el Protector recalcaba que la vacuna “es el mejor preservativo contra ese contagio desolador.”  Entre los libros remitidos, se encontraba una Historia de la Revolución en América del Norte, con el fin de que los misioneros conocieran las luchas que habían llevado a la instauración del federalismo en esa zona del continente; debe recordarse que el federalismo propuesto por Artigas se basaba en parte en el modelo estadounidense previo a la doctrina Monroe, por lo que el caudillo oriental mostraba un vivo interés en estudiar la historia del país del norte.
Pero además de enviar ganado para la alimentación de las tropas y otros productos, el Protector permanentemente buscaba despertar en los guaraníes el amor al trabajo y el desarrollo de diversas actividades, evitando caer en la holgazanería; eran frecuentes las instrucciones a Andresito tendientes a tal fin.
En cuanto a la  actividad comercial, fueron implementadas importantes medidas proteccionistas y se dispuso que, dentro de Misiones, únicamente los guaraníes estuvieran autorizados para realizar intercambios, excluyéndose de dicha actividad a paraguayos, ingleses, criollos y portugueses, que hasta ese momento no habían hecho más que explotar a los misioneros. Precisamente la expulsión de los extranjeros que vivían en los pueblos fue una de las características del artiguismo en Misiones que no se dio en otras regiones; en Corrientes, por ejemplo, los comerciantes ingleses, como los Postlethwaite, siguieron desarrollando sus actividades sin interferencia alguna.
Aunque Artigas dispuso la expulsión de los comerciantes extranjeros, esto no quiere decir que estuviera en contra de la actividad comercial: al contrario, buscaba incrementarla, pero que la riqueza beneficiara a los naturales y no a extranjeros, y constantemente instaba a aumentar la producción económica y el intercambio entre las regiones de la Liga de los Pueblos Libres; afirmaba que, a cambio de los bienes que necesitaran, los misioneros podrían proveer a los otros pueblos litorales de madera, yerba y tabaco, productos con los que ellos no contaban.
La derrota final de Artigas
La invasión portuguesa y las disidencias internas debilitaron progresivamente al artiguismo a partir de 1816; en 1819, cuando la derrota era inminente, el propio Andrés Artigas fue tomado prisionero mientras realizaba un último intento de ocupación de las Misiones Orientales. Cabe destacar que en este momento crítico, Artigas renovó su confianza en los guaraníes, designando nuevamente a uno de ellos como Comandante General: Pantaleón Sotelo, quien, al perder la vida en Tacuarembó, fue a su vez reemplazado por Francisco Javier Siti, otro aborigen. En este caso cabe destacar que el nuevo Comandante fue elegido democráticamente por aclamación y luego confirmado en el cargo por el Cabildo de Asunción del Cambay.
Derrotado finalmente por su antiguo aliado Francisco Ramírez, Artigas se retiró hacia los últimos territorios que le seguían fieles: Corrientes y Misiones. Sólo permanecían a su lado algunos gauchos fogueados en múltiples combates y los aborígenes guaraníes. El propio Sití se puso a favor de Ramírez, por lo cual nuevamente sus soldados demostraron la fidelidad a Artigas que los caracterizaba al preferir desertar antes de luchar en su contra. Se dieron casos de contingentes enteros enviados a reprimirlo y que terminaron sumándose a sus filas. Cuando realizó su última retirada hacia el Paraguay (cruzó el Paraná por Santa Ana), se sabe que muchas familias indígenas le salían al paso para pedirle su bendición y muchos, incluso, lo seguían, abandonando sus escasas pertenencias. Según un testimonio de la época, “tal era el prestigio de Artigas entre aquellas gentes  que a pesar de verse solo y perseguido (…) en su tránsito salían los indios a pedirle la bendición y salían tras él como en procesión, abandonando sus casas, sus vaquitas, sus ovejas.”
Inclusive, algunos aborígenes cruzaron al Paraguay con Artigas, pero no pudieron permanecer a su lado en el exilio, ya que Gaspar Rodríguez de Francia, el Supremo Dictador de ese país los remitió desarmados a diferentes destinos.
Consideraciones finales
Artigas consideraba a los guaraníes misioneros como uno de los Pueblos Libres, con igualdad política respecto a otras jurisdicciones, lo cual quedó de manifiesto en la solicitud de envió de diputados al Congreso de Oriente.  También, manifiestamente, buscaba que los pueblos desarrollaran su economía, se autoabastecieran y la desarrollaran a través del comercio realizado por los propios aborígenes, y no por comerciantes extranjeros.
No puede negarse el claro tono paternalista que  presentaba el proyecto de Artigas; no se debe olvidar que, a pesar de la democratización en la elección de los diputados, la autoridad del Protector no se discutían. Por otra parte, el caudillo, aunque se mostraba comprensivo ante los aborígenes, no aceptaba su cultura como tal y buscaba cambiarlos, civilizarlos e integrarlos, particularmente en el caso de las etnias no sometidas por los españoles (las familias de los Guaycurúes en el Chaco y de los Charrúas en la Banda Oriental). Pero, frente a otras alternativas de la época (Paraguay, los portugueses de Brasil, el Directorio de Buenos Aires), sin duda era el sistema federal propuesto por Artigas el único que reconocía la autodeterminación de los pueblos guaraníes, y este hecho, más que cualquier recurso retórico, explica su firme adhesión al caudillo oriental.
Se puede afirmar, en definitiva, que, entre los sectores sociales que apoyaron a Artigas, el de los aborígenes fue uno de los más sólidos, y se mantuvo así hasta la derrota final del caudillo y aún después. Se sabe, por ejemplo, que a los guaraníes que habían formado parte de sus ejércitos, y que mantenían por ello una fuerte conciencia de clase, se los denominaba aún artigueños muchos años después.
También es significativa una anécdota recogida por el viajero francés Saint-Hillaire, quien escribió acerca de un niño guaraní al que había conocido en una casa de campo del Conde de Figueras, en Porto Alegre, poco después de la derrota de Artigas; el niño, que estaba muy bien alimentado y con ropas elegantes, habría sido convertido en sirviente tras ser apresado por las tropas portuguesas; el Conde, refiere el francés,  “me mostró un pequeño guaraní que sirviera en las tropas de Artigas y preguntándole en mi presencia si prefería quedar allí o volver junto a Artigas, obtuvo del indiecito la afirmación de «desear volver junto a Artigas.»”
BIBLIOGRAFÍA.
- BAUZÁ, Francisco: “Historia de la dominación española en el Uruguay”; tomo III y VI; Montevideo; 1897.
- CABRAL, Salvador: “Andresito Artigas y la emancipación americana”; Ediciones Castañeda; Montevideo; 1981.
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- Archivo Artigas; Tomos XI, XIV, XIX y XX.
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- Museo Mitre: “Contribución documental para la historia del Río de la Plata”; Buenos Aires; 1913.
Jorge Francisco Machón
Oscar Daniel Cantero
Asociación Flor del Desierto
Junta de Estudios Históricos de Misiones
Introducción

En el contexto conflictivo de la segunda década del siglo XIX, cuando se dieron en conjunto la lucha por la independencia y las primeras guerras civiles, los Guaraníes Misioneros tuvieron una destacada actuación.
No hacían sino continuar una larga tradición de servicios militares que se podrían rastrear hasta la lucha contra los bandeirantes de San Paulo y las numerosas campañas de recuperación de la Colonia del Sacramento en la época colonial. Muchos ya se desempeñaban como milicianos antes de 1810 entre los blandengues que mantenían el orden en los campos orientales.
Algunos se integraron a las tropas de Belgrano en su campaña al Paraguay, para incorporarse luego al largo sitio de Montevideo; otros formaron parte del regimiento de Granaderos a Caballo de José de San Martín, a quien acompañaron en sus campañas hasta Perú, continuando algunos luego del retiro del general, por lo que estuvieron en el ejército libertador hasta el choque definitivo con las huestes realistas en Ayacucho, la última batalla de la guerra de independencia de nuestro continente, al lado de los contingentes de Bolívar.

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